Se levantó de la silla para ir al baño; necesitaba una tregua de las miradas que él le enviaba. A cada choque su cuerpo entero se estremecía, y ya no podía resistirse a encontrar sus brillantes ojos marrones. Necesitaba un respiro.
–Ahora vuelvo.
De camino al baño inspiró y expiró profundamente. Por fin. Un poco de tranquilidad.
Lo cierto es que no había hablado mucho con Alberto, pero cuando se cruzaban (algo que no pasaba muy a menudo) y sus miradas se encontraban notaba como su corazón daba un vuelco. Hacía unos cuantos días de la primera vez, porque, aunque hacía años que se “conocían”, nunca antes le había pasado.
Entró en el baño y cerró la puerta. Aunque ya no lo tuviera delante, parecía que estuviera allí: con su cuerpo musculado, su pelo castaño alborotado aunque de una forma ordenada, y, cómo no, esos ojos que la volvían loca. Hizo pipí, aunque la vejiga no le apretara, y tiró la cadena. Se lavó las manos, se las secó y se miró al espejo. Suspiró. La pega más grande de todas: Alberto tenía 3 años menos que ella. ¿Era demasiado joven? Si llegara a pasar algo entre ellos, ¿qué pensarían sus amigos? ¿Sería mejor para todos reprimir los impulsos de tirarse a sus brazos? ¿Sería mejor para todos reprimir las ganas de besarle? Quizás sería preferible esperar a ver si él daba algún paso, porque también sería posible que todo aquello fueran paranoias suyas. ¿Y si a él no le gustaba? Suspiró de nuevo.
“Qué marrón”, pensó para sus adentros.
Decidió volver con los demás y enfrentarse a lo que tuviera que pasar.
Abrió la puerta del baño y tiró por la izquierda para volver al comedor. Pero allí, en medio del pasillo estaba él. Alberto. Con lo que había tardado en salir seguro que estaría mosqueado.
–¿Hace mucho que te esperas?
Empezó a acercarse. Ella continuó caminando en su dirección.
–Lo cierto es que sí.
–Lo siento.
–Yo también.
Pasó por su lado, muerta de la vergüenza, pero no pudo ir demasiado lejos porque él le cogió el brazo. Ella se giró. Alberto se acercó a ella.
–He esperado demasiado para hacer esto.
Alberto la acercó a él sin titubear y unió sus labios en un dulce beso. Lucía al principio no supo cómo reaccionar, pero después le devolvió el beso con la misma ternura. Los brazos de él la estrecharon a su cuerpo por la cintura y las de ella rodearon su cuello. Los dos estaban temblando cuando se separaron. No porque tuvieran frío, sino del nerviosismo que corría por sus venas. Se miraron a los ojos.
–No sé cómo he tenido las agallas de hacerlo.
–Pues me alegro de que hayas dado ese paso.
Los dos sonrieron y se fundieron en otro beso. Más largo, más profundo, más tierno. Y fue entonces cuando a Lucía dejó de importarle lo que pensaría la gente, pues para ella ahora sólo existían dos personas en el mundo.
–Ahora vuelvo.
De camino al baño inspiró y expiró profundamente. Por fin. Un poco de tranquilidad.
Lo cierto es que no había hablado mucho con Alberto, pero cuando se cruzaban (algo que no pasaba muy a menudo) y sus miradas se encontraban notaba como su corazón daba un vuelco. Hacía unos cuantos días de la primera vez, porque, aunque hacía años que se “conocían”, nunca antes le había pasado.
Entró en el baño y cerró la puerta. Aunque ya no lo tuviera delante, parecía que estuviera allí: con su cuerpo musculado, su pelo castaño alborotado aunque de una forma ordenada, y, cómo no, esos ojos que la volvían loca. Hizo pipí, aunque la vejiga no le apretara, y tiró la cadena. Se lavó las manos, se las secó y se miró al espejo. Suspiró. La pega más grande de todas: Alberto tenía 3 años menos que ella. ¿Era demasiado joven? Si llegara a pasar algo entre ellos, ¿qué pensarían sus amigos? ¿Sería mejor para todos reprimir los impulsos de tirarse a sus brazos? ¿Sería mejor para todos reprimir las ganas de besarle? Quizás sería preferible esperar a ver si él daba algún paso, porque también sería posible que todo aquello fueran paranoias suyas. ¿Y si a él no le gustaba? Suspiró de nuevo.
“Qué marrón”, pensó para sus adentros.
Decidió volver con los demás y enfrentarse a lo que tuviera que pasar.
Abrió la puerta del baño y tiró por la izquierda para volver al comedor. Pero allí, en medio del pasillo estaba él. Alberto. Con lo que había tardado en salir seguro que estaría mosqueado.
–¿Hace mucho que te esperas?
Empezó a acercarse. Ella continuó caminando en su dirección.
–Lo cierto es que sí.
–Lo siento.
–Yo también.
Pasó por su lado, muerta de la vergüenza, pero no pudo ir demasiado lejos porque él le cogió el brazo. Ella se giró. Alberto se acercó a ella.
–He esperado demasiado para hacer esto.
Alberto la acercó a él sin titubear y unió sus labios en un dulce beso. Lucía al principio no supo cómo reaccionar, pero después le devolvió el beso con la misma ternura. Los brazos de él la estrecharon a su cuerpo por la cintura y las de ella rodearon su cuello. Los dos estaban temblando cuando se separaron. No porque tuvieran frío, sino del nerviosismo que corría por sus venas. Se miraron a los ojos.
–No sé cómo he tenido las agallas de hacerlo.
–Pues me alegro de que hayas dado ese paso.
Los dos sonrieron y se fundieron en otro beso. Más largo, más profundo, más tierno. Y fue entonces cuando a Lucía dejó de importarle lo que pensaría la gente, pues para ella ahora sólo existían dos personas en el mundo.

Oishhhh me has llegado al alma, mi niño tiene 3 años menos que yo >.<
ResponderEliminarHe llorado y todo.