11.3.11

Pesadillas

Sabía que esa vez no era una pesadilla, sabía que no era la pesadilla que me había estado atormentando durante los últimos dos meses. Esto era real. El frío me erizaba la piel y la humedad se calaba hasta mis huesos, y el miedo por lo que vendría me hacía temblar.
Conocía ese lugar por las pesadillas, pero estaba segura de que la oscuridad escondía misteriosas y terribles sorpresas. Ante mí tenía una calle más o menos asfaltada, y a derecha e izquierda una hilera de delgadas columnas se perdía en la oscuridad. Esas columnas sostenían dos altísimas paredes de una roca que debía pesar toneladas. También había tres arcos que unían ambas paredes, pero estaba segura de que se morían de ganas de derrumbarse de lo deterioradas que estaban. 
No se oía ningún ruido, y ese silencio no albergaba nada bueno, estaba segura. 

Pero luego algo cambió. Y eso no había aparecido en mis pesadillas. Un rayo de sol iluminó la calle que tenía delante. Un atisbo de esperanza humedeció mis ojos. Después de tantas semanas de oscuridad y miedo la esperanza al fin iluminaba mi camino. Empecé a caminar hacia allí. Y desperté. Abrí los ojos en mi habitación. Suspiré. Sólo había sido un sueño, y yo que pensaba que aquello era real...
–¿Estás bien?
Sonreí y le miré. Tenía el pelo despeinado y los ojos entrecerrados por el sueño.
–Perfectamente. 
Le di un beso en los labios y él también sonrió. 
–Te quiero –dije.
–Yo también, cariño. Estoy muy feliz de haber vuelto.
Y me dormí de nuevo. Después de todo ese tiempo sin él al fin volvía a dormir entre sus brazos. Ese accidente estuvo a punto de robármelo, pero él fue más fuerte y venció a la muerte.

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